INCURIA | Marco Bizzarri |June 2019

Text by Tomás Fontecilla

 

For a tree, to move is to die; For a man, to move is to live *, but if there are no spaces for that life, are we not like a tree? Thus, amidst the vortex of contemporary times Incuria by Marco Bizzarri evidences the collision between man and his environment, a clash between progress and humanity.

 

The investigation for this show is focused on Los Choros, a town in northern Chile, 94 kilometers from La Serena, one of many towns part of the environmental red zone affected by mining. It is a region of olives and oils, of older rather than younger people, a town to which Demetria Álvarez, Melania Morales, Abel Ossandón, Manuel and Inés Zarricueta belong, vernacular characters anachronic to our rythm, memory of a time thats always lost. Thus, while Manuel still moves to the rythm of the sun, Melania guards the keys to the only church, one that, according to the story, is almost 500 years old; dating back to the time of soldiers and kings that the patron saint, Saint Joseph, has the real hair of a child whose mother, in gratitude, donated more than a century ago. Silent, they see how history goes by them, how time erases them.

 

Today, not much of this tradition remains. In the middle of an ecocidal mining zone, in which the environment has been systemcatically attacked, living space has diminished. The tailings have infiltrated the underground layers contaminating wells and crops, usurping the scarce water of the desert. The former harmony has given way to migration and abandonment however some characters, untouched, cling to memory, it is the story of three brothers that constantly appears in Bizzarri’s painints, who preserve and protect the customs of the place. Silent, few resist.

 

This way, Marco reveals the tragedy of our own presence, one which in order to exist destroys, to advance, obliterates, to evolve, kills. Thus, through this series of paintings and installations, it elevates to the level of heroes those who quietly endure, some who solemnly, to the rhythm of the sun, wait for something to sprout from the ruins. Incuria denounces a state of abandonment, of apathy; it is a wake-up call and at the same time an excercise of concealment; through the glazes, the bodies and landscapes fade away, evidencing our own dissatisfaction for our surroundings. Born from suspicion, it is not fooled by the falseness of its own time; it understands that the beauty of the flowered desert means the overflow of the tailings, and that the colored jars only hide the deterioration of the land. Silent, they wait.

 

Clouded by the crowd of other problems we have stolen time and space, breaking the harmony of our surroundings with our elbow while with our hand we project the future. However, if we give it the opportunity, nature has proven to be incredibly resilient, giving space to life again. Silent, in the vortex, we forget

Mo Yan, Changes (2010)

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Para un árbol, cambiar de sitio es la muerte; para un hombre, cambiar de sitio es la vida*, pero si ya no hay espacios para esa vida ¿no somos iguales a un árbol? Así, en medio de la vorágine de la contemporaneidad, Incuria, de Marco Bizzarri, evidencia la colisión entre el hombre y su entorno, un choque entre el progreso y la humanidad.

 

La investigación de la muestra se centra en Los Choros, una localidad al norte de Chile, a 94 kilómetros de La Serena; una entre muchas que están en la zona roja medioambiental producto de la explotación minera. Es una localidad de aceitunas y aceites, de viejos más que jóvenes, un pueblo al que pertenecen Demetria Álvarez, Melania Morales, Abel Ossandón, Manuel e Inés Zarricueta, personajes vernáculos, anacrónicos a nuestro ritmo, memoria de un tiempo siempre a pérdida. Así, mientras Manuel todavía se mueve al ritmo del sol, Melania cuida las llaves de la única iglesia, una que, según cuenta la historia, tiene casi 500 años; que se remonta a tiempos de soldados y reyes, que el santo patrono, San José, tiene el pelo real de un niño cuya madre, en señal de agradecimiento, donó el pelo de su propio hijo hace más de un siglo. Silentes, ven como la historia les pasa, como el tiempo los borra.

 

Hoy, poco de esa tradición queda. En medio de una zona minera ecocida, en que sistemáticamente se ha atentado contra el medioambiente, el espacio vital ha menguado. Los relaves han infiltrado las napas subterráneas contaminando pozos y cosechas, usurpando la escasa agua del desierto. La otrora armonía ha dado paso a la migración y el abandono, sin embargo, algunos personajes, incólumes, se aferran a la memoria, es la trama de tres hermanos la que aparece constantemente en las pinturas de Bizzarri, quienes conservan y resguardan las costumbres del lugar. Silentes, pocos resisten.

 

De este modo, Marco devela la tragedia de nuestra propia presencia; una que para subsistir destruye, para avanzar, arrasa, para evolucionar, mata. Así, por medio de esta serie de pinturas e instalaciones, eleva al nivel de héroes a quienes de manera sosegada aguantan, unos que, solemnes al ritmo del sol, aguardan que algo germine en la ruina. Incuria denuncia un estado de abandono, de apatía; es un llamado de atención a la vez que ejercicio de encubrimiento; por medio de las veladuras, los cuerpos y el paisaje se desvanecen, se hace evidente nuestra propia displicencia respecto a lo que nos rodea. Nace desde la sospecha, no se deja engañar por las falsedades de la propia época; entiende que la belleza del desierto florido significa el desbordamiento de los relaves, y que los tarros de colores sólo encubren el deterioro de la tierra. Silentes, esperan.

 

Nublados en el tumulto de otros problemas nos hemos robado el tiempo y el espacio, rompiendo la armonía de nuestro espacio circundante con el codo mientras con la mano proyectamos el porvenir. Sin embargo, si le damos la oportunidad, la naturaleza ha demostrado ser increíblemente resiliente, dando espacio de nuevo a la vida. Silentes, en el vórtice, nos olvidamos.

 

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Mo Yan, Cambios (2010)*